Rojo y negro
Rojo y negro —VeÃa el porvenir trazado con gran claridad. Después de mi muerte, la casaba con el señor de Croisenois, quien se habrÃa desposado con una viuda. El alma noble, pero un tanto novelesca, de esa viuda encantadora, sorprendida y convertida al culto de la vulgar prudencia merced a un acontecimiento singular, trágico y que le parecÃa grande, se habrÃa dignado entender el mérito, indiscutible, del joven marqués. Se habrÃa resignado usted a ser feliz con la felicidad de todo el mundo; la consideración, la riqueza, el elevado rango… Pero, querida Mathilde, su llegada a Besançon, si alguien la sospecha, va a ser un golpe mortal para el señor de La Mole, y eso es lo que no me perdonarÃa nunca. ¡Le he dado ya tantos disgustos! El académico va a decir que crio una sierpe en el seno.
—Reconozco que no esperaba razonamientos tan frÃos ni tanta preocupación por el porvenir —dijo la señorita de La Mole, medio enfadada—. Mi doncella, casi tan prudente como usted, se hizo un pasaporte y he viajado en la silla de postas llamándome señora Michelet.
—Y ¿la señora Michelet ha podido llegar hasta mà con tanta facilidad?