Rojo y negro
Rojo y negro —Efectivamente, no soy la señora Michelet —dijo Mathilde, recuperando toda la altivez de su porte—, y esa confesión me cuesta poco, ya que vengo a consultarlo, padre, acerca de la posibilidad de facilitarle la evasión al señor de La Vernaye. Para empezar, solo es culpable de atolondramiento; la mujer a la que disparó goza de buena salud. En segundo lugar, para sobornar a los subalternos puedo entregar en el acto cincuenta mil francos y comprometerme por el doble. Y, para terminar, mi agradecimiento y el de mi familia no verán nada imposible para quien haya salvado al señor de La Vernaye.
Al padre de Frilair parecÃa extrañarle ese apellido. Mathilde le enseñó varias cartas del ministro de la Guerra dirigidas al señor Julien Sorel de La Vernaye.
—Ya ve que mi padre se ocupaba de su prosperidad. Me casé con él en secreto; mi padre querÃa que fuera oficial superior antes de hacer pública esa boda, un tanto singular para una De La Mole.
Mathilde notó que la expresión bondadosa y de suave buen humor se desvanecÃa rápidamente a medida que el padre de Frilair iba haciendo descubrimientos importantes. Una astucia mezclada con una profunda falsedad se le pintó en el rostro.
El sacerdote tenÃa dudas; volvÃa a leer despacio los documentos oficiales.