Rojo y negro
Rojo y negro «¿Qué provecho puedo sacarles a estas curiosas confidencias? —se decÃa—. Heme aquà de repente relacionado Ãntimamente con una amiga de la famosa mariscala de Fervaques, la sobrina todopoderosa del obispo de…, que es quien hace los obispos en Francia. Lo que yo veÃa en un porvenir lejano se presenta de improviso. Esto puede llevarme a la meta de todos mis deseos.»
A Mathilde la asustó primero el cambio veloz de fisonomÃa de ese hombre tan poderoso con el que se hallaba a solas en unos aposentos recónditos. «Pero, bien pensado —se dijo—, ¿lo peor no habrÃa sido no causar ninguna impresión en el frÃo egoÃsmo de un sacerdote ahÃto de poder y de goces?»
Deslumbrado ante esa vÃa directa e imprevista que se abrÃa ante él para llegar al obispado, asombrado por el talento de Mathilde, el padre de Frilair bajó la guardia un momento. La señorita de La Mole lo vio casi a sus pies, ambicioso y palpitante hasta el temblor nervioso.
«Todo se despeja —pensó Mathilde—; aquà nada le resultará imposible a la amiga de la señora de Fervaques.» Pese a unos celos aún muy dolorosos, tuvo el valor de explicar que Julien era un Ãntimo de la mariscala y coincidÃa casi a diario en su casa con su ilustrÃsima el obispo de …