Rojo y negro
Rojo y negro «¡Tengo la revancha! —pensó—. He aquà por fin una forma de llevarle las riendas a esta mujercita tan decidida; tenÃa miedo de no lograrlo.» El aire de distinción y poco propenso a dejarse conducir aumentaba, desde su punto de vista, el encanto de aquella belleza exquisita que tenÃa ante sÃ, casi suplicante. Recobró toda la sangre frÃa y no vaciló en hurgarle con el puñal en el corazón.
—No me sorprenderÃa nada, bien pensado —le dijo con expresión de frivolidad—, que nos enterásemos de que el señor Sorel le ha disparado dos pistoletazos por celos a esa mujer a la que tanto quiso hace tiempo. Dista mucho de carecer de atractivos y, desde hace poco, tenÃa mucho trato con un tal padre Marquinot, de Dijon, algo asà como un jansenista sin moralidad, como lo son todos.
El padre de Frilair atormentó voluptuosamente y con regodeo a aquella hermosa joven cuyo punto flaco habÃa descubierto.