Rojo y negro
Rojo y negro —Dejadme mi vida ideal. Vuestros engorros menudos, vuestros detalles de la vida real, más o menos ofensivos para mÃ, me sacarÃan del cielo. Cada cual muere como puede; yo no quiero pensar en la muerte sino a mi manera. ¿Qué me importan los demás? Mis relaciones con los demás se cortarán de golpe. Tened la bondad de no volver a mencionarme a esas personas: bastante tengo con ver al juez y al abogado.
«En realidad —se decÃa a sà mismo—, mi destino es, por lo visto, morir soñando. Una persona sin notoriedad como yo, que tiene la seguridad de que la olvidarán en cuanto pasen quince dÃas, hay que reconocer que se estarÃa engañando mucho si anduviera haciendo teatro.
»Resulta singular, sin embargo, que no haya sabido el arte de disfrutar de la vida más que desde que veo tan cerca el final.»
Pasaba esos últimos dÃas paseando por la estrecha terraza que habÃa en lo alto del torreón, fumando unos puros excelentes que Mathilde habÃa mandado traer de Holanda con un correo y sin sospechar que todos los telescopios de la ciudad esperaban a diario su aparición. TenÃa el pensamiento puesto en Vergy. Nunca le hablaba de la señora de Rênal a Fouqué, pero, en dos o tres ocasiones, su amigo le dijo que se restablecÃa deprisa y esta frase le retumbó en el corazón.