Rojo y negro

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El abogado, hombre de normas y formalidades, creía que estaba loco y opinaba, igual que el público, que eran los celos los que le habían puesto la pistola en la mano. Un día se atrevió a insinuarle a Julien que esa alegación, cierta o falsa, sería un recurso excelente para un alegato. Pero el acusado volvió a ser, en un abrir y cerrar de ojos, una persona apasionada e incisiva.

—Por su vida, caballero —exclamó Julien fuera de sí—, ¡acuérdese de no volver a proferir esa mentira abominable!

El prudente abogado temió por un momento que lo asesinara.

Estaba preparando el alegato porque el momento decisivo se acercaba a toda prisa. Besançon y el departamento entero no hablaban sino de esa famosa causa. Julien no sabía nada de este detalle: había rogado que no le mencionasen nunca esa clase de cosas.

Aquel día, cuando quisieron Fouqué y Mathilde informarlo de unos cuantos rumores públicos muy propios, según ellos, para infundir esperanzas, Julien los detuvo en cuanto dijeron la primera palabra.


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