Rojo y negro
Rojo y negro Julien se avergonzaba de la emoción que sentÃa: por primera vez en la vida se veÃa querido; lloraba con deleite y fue a ocultar las lágrimas en los frondosos bosques que habÃa más arriba de Verrières.
«¿Por qué me hallo en este estado? —se dijo por fin—; noto que darÃa la vida por este buen padre Chélan; y, sin embargo, acaba de demostrarme que no soy sino un necio. A él sobre todo es a quien me interesa engañar; y él adivina lo que pienso. Este fuego secreto del que me habla es mi proyecto de hacer fortuna. Me cree indigno de hacerme sacerdote y eso ocurre precisamente cuando me figuraba que renunciar a una renta de cincuenta luises iba a proporcionarle la más elevada idea de mi devoción y mi vocación.
»En adelante —prosiguió Julien— no contaré sino con los rasgos de mi carácter que ya haya puesto a prueba. ¡Quién me iba a decir que hallarÃa gusto en el llanto y que iba a querer a quien me demuestra que no soy sino un necio!»