Rojo y negro

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—Tenga cuidado, hijo mío, con lo que le ocurra en el corazón —dijo el párroco, frunciendo el ceño—; le doy la enhorabuena si a su vocación, y solo a ella, le debe ese desprecio por una fortuna más que suficiente. Hace cincuenta y seis años largos que soy el párroco de Verrières y sin embargo bien parece que van a destituirme. Es algo que me apena, y eso que cuento con una renta de ochocientas libras. Le comunico este detalle para que no se haga ilusiones acerca de las cosas que lo esperan en el estado sacerdotal. Si piensa en cortejar a los hombres que son dueños del poder, tiene asegurada la condenación eterna. Podrá hacer fortuna, pero tendrá que perjudicar a los míseros, halagar al subprefecto, al alcalde, al hombre que goce de consideración, y estar al servicio de sus pasiones: ese comportamiento, que en la vida social se llama urbanidad, puede para un laico no ser absolutamente incompatible con la salvación; pero, en nuestro estado, hay que elegir: de lo que se trata es de hacer fortuna en este mundo o en el otro: no hay término medio. Váyase, mi querido amigo, medítelo y vuelva dentro de tres días para darme una respuesta definitiva. Vislumbro con pesar, en el fondo de su carácter, un fuego sombrío que no me anuncia la moderación ni el desinterés perfecto por los beneficios terrenales que son inexcusables en un sacerdote; tengo buenos presagios sobre su inteligencia; pero permítame que se lo diga —añadió el buen párroco con lágrimas en los ojos—: si toma el estado sacerdotal, temeré por su salvación.


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