Rojo y negro

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—Respondo, para empezar, de estos ocho miembros del jurado —le dijo a Mathilde—. Los cinco primeros son máquinas. Valenod es agente mío; De Moirod me debe cuanto tiene; y De Cholin es un imbécil que a todo le tiene miedo.

El periódico difundió por el departamento los nombres de los miembros del jurado y la señora de Rênal, ante el indecible espanto de su marido, quiso ir a Besançon. Lo único que pudo conseguir el señor de Rênal fue que no se levantase de la cama para no pasar por la contrariedad de que la llamasen a declarar.

—No se hace cargo de mi posición —decía el antiguo alcalde de Verrières—; ahora soy un liberal de la desafección, como ellos dicen; no cabe duda de que ese granuja de Valenod y el padre de Frilair conseguirán fácilmente del fiscal del reino y de los jueces todo cuanto pueda perjudicarme.

La señora de Rênal se sometió gustosa a las órdenes de su marido. «Si me presentase en el tribunal de lo criminal —se decía—, parecería que voy a pedir venganza.»

Pese a las promesas de prudencia que les había hecho a su director espiritual y a su marido, nada más llegar a Besançon escribió de su puño y letra a todos y cada uno de los treinta y seis miembros del jurado:


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