Rojo y negro

Rojo y negro

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No compareceré el día del juicio, caballero, porque mi presencia podría resultarle desfavorable a la causa del señor Sorel. Solo deseo una cosa en el mundo, y la deseo con pasión, y es que se salve. Que no les quepa la menor duda: la espantosa idea de que por mi culpa haya ido un inocente a la muerte me envenenaría el resto de la vida y seguramente la acortaría. ¿Cómo podrían condenarlo a muerte mientras yo estoy viva? No, desde luego, la sociedad no tiene derecho a quitarle la vida a nadie y menos aún a una persona como Julien Sorel. Todo el mundo en Verrières le vio momentos de extravío. Ese pobre joven tiene enemigos poderosos; pero, incluso entre sus enemigos (y ¡cuántos no tendrá!), ¿cuál de ellos pone en duda sus admirables prendas y sus profundos conocimientos? No va a juzgar, caballero, a un individuo corriente. Durante casi dieciocho meses lo vimos todos piadoso, sensato, aplicado; pero dos o tres veces al año se adueñaban de él ataques de melancolía que llegaban hasta el extravío. La ciudad entera de Verrières, todos nuestros vecinos de Vergy, donde pasamos la estación veraniega, toda mi familia e incluso el señor subprefecto harán justicia a su devoción ejemplar; se sabe de memoria toda la Santa Biblia. ¿Habría dedicado años con tanto empeño a enseñar el libro santo a mis hijos un impío? Mis hijos tendrán el honor de presentarle a usted esta carta: son unos niños. Dígnese hacerles preguntas, caballero; le darán todos los detalles acerca de ese pobre joven que pudieran ser aún necesarios para convencerlo de lo bárbaro que sería condenarlo. No solo no me vengarían sino que, antes bien, me darían la muerte.


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