Rojo y negro
Rojo y negro «Empieza mi último día», pensó Julien. No tardó en enardecerlo la idea del deber. Hasta ese momento, había controlado el enternecimiento y no había desistido de la decisión de no hablar; pero cuando el presidente del tribunal de lo criminal le preguntó si tenía algo que añadir, se puso de pie. Tenía ante sí los ojos de la señora Derville, que, con las luces, le parecieron muy relucientes. «¿Estará llorando por casualidad?», pensó.
—Señores del jurado:
»El horror al desprecio, que creía que podría afrontar en el momento de la muerte, me mueve a tomar la palabra. Señores, no tengo el honor de pertenecer a su clase social: ven en mí a un campesino sublevado contra la bajeza de su suerte.