Rojo y negro

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Con ese pensamiento se esfumaron todos los demás. No tardaron las señales de asentimiento del público en hacer que Julien volviera en sí. El abogado acababa de concluir el alegato. Julien recordó que era oportuno darle un apretón de manos. El tiempo había pasado deprisa.

Les trajeron unos tentempiés al abogado y al acusado. Entonces fue cuando le llamó la atención a Julien una circunstancia: ninguna mujer había salido de la sala de audiencia para ir a cenar.

—La verdad es que me estoy muriendo de hambre —dijo el abogado.

—Yo también —dijo Julien.

—Mire, a la señora prefecta le están trayendo también la cena —le dijo el abogado, señalando el palco—. Ánimo, todo va bien.

Se reanudó la sesión.

Cuando el presidente estaba recapitulando, dieron las doce de la noche. Al presidente no le quedó más remedio que interrumpirse; en medio del silencio de la ansiedad universal, el retumbar de las campanadas del reloj llenaba la sala.


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