Rojo y negro

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Hasta entonces, se había notado rebosante de un desprecio absoluto hacia todos los hombres que asistían al juicio. Con la elocuencia chata del fiscal esa sensación de asco fue a más. Pero, poco a poco, la aridez de ánimo de Julien fue desapareciendo ante las señas de interés que le mostraban con claridad.

Le gustó la expresión de firmeza de su abogado.

—Nada de frases —le dijo por lo bajo cuando estaba a punto de tomar la palabra.

—Todo ese énfasis robado a Bossuet que han desplegado contra usted lo ha favorecido —dijo el abogado.

Efectivamente, no llevaba hablando ni cinco minutos cuando casi todas las mujeres tenían ya el pañuelo en la mano. Eso animó al abogado, que les dijo a los miembros del jurado palabras muy fuertes. Julien se estremeció, notaba que estaba a punto de echarse a llorar. «¡Santo cielo! ¿Qué van a decir mis enemigos?»

Iba a caer en el enternecimiento que lo invadía cuando, afortunadamente para él, sorprendió una mirada insolente del señor barón de Valenod.

«Al patán ese le echan chispas los ojos —se dijo—. ¡Qué triunfo para esa alma vil! Aunque esa hubiera sido la única consecuencia de mi crimen, debería renegar de él. ¡Dios sabe qué le habrá dicho de mí la señora de Rênal!»


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