Rojo y negro

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El gendarme le estaba señalando una tribuna pequeña y que sobresalía, encima del anfiteatro donde se sientan los miembros del jurado.

—Son la señora prefecta —siguió diciendo el gendarme—, la señora marquesa de N., esa le tiene a usted mucha ley: la he oído hablar con el juez de instrucción. Luego, está la señora Derville…

—¡La señora Derville! —exclamó Julien, y se puso muy colorado.

«Al salir de aquí, escribirá a la señora de Rênal», pensó. No sabía que la señora de Rênal estaba en Besançon.

La declaración de los testigos acabó enseguida. Nada más decir el ministerio fiscal las primeras palabras de la acusación, dos de las señoras que estaban en el palco, frente a frente con Julien, se echaron a llorar. «La señora Derville no se enternece como ellas», pensó Julien. Pero notó que estaba muy encarnada.

El ministerio fiscal insistía en mal francés y con mucha elocuencia oratoria, en la barbarie del crimen cometido: Julien se fijó en que las vecinas de la señora Derville ponían cara de desaprobarlo vehementemente. Varios miembros del jurado, que por lo visto eran conocidos de las señoras, hablaban con ellas y parecían tranquilizarlas. «No deja de ser un buen augurio», pensó Julien.


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