Rojo y negro

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Pero no tardaron en recabar toda su atención doce o quince mujeres agraciadas que, situadas frente por frente del banquillo del acusado, llenaban los tres palcos que había por encima de los jueces y de los miembros del jurado. Al volverse hacia el público, vio que la tribuna circular que corría por encima del anfiteatro estaba repleta de mujeres: la mayoría eran jóvenes y le parecieron muy guapas; les brillaban los ojos, llenos de interés. En el resto de la sala, el gentío era enorme; la gente se peleaba por entrar y los centinelas no podían conseguir que hubiera silencio.

Cuando todas las miradas que buscaban a Julien se percataron de su presencia al verlo ocupar el lugar, algo en alto, que correspondía al acusado, lo recibió un murmullo de asombro y afectuoso interés.

Aquel día se diría que no tenía ni veinte años; iba vestido con mucha sencillez, pero con exquisitez impecable; el pelo y la cara eran deliciosos. Mathilde había querido ocuparse personalmente de su arreglo. Julien estaba palidísimo. En cuanto se sentó en el banquillo, oyó que decían por todos lados: «¡Dios, qué joven es…! Pero ¡si es un niño…! Y mucho más guapo que en el retrato».

—Acusado —le dijo el gendarme sentado a su derecha—, ¿ve a esas seis señoras del palco?


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