Rojo y negro

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Otro debate la esperaba durante la velada. Para no prolongar una escena desagradable y de cuyo desenlace, desde su punto de vista, no cabían dudas, Julien estaba resuelto a no hacer uso de la palabra.

—Quieren verlo humillado, eso es indudable —contestó Mathilde—, pero no los tengo por crueles. Mi presencia en Besançon y el espectáculo de mi dolor ha despertado el interés de todas las mujeres y su agraciado rostro hará el resto. Si dice una palabra ante sus jueces, tendrá a su favor a todo el público, etc., etc.

Al día siguiente a las nueve, cuando Julien bajó de su lugar de reclusión para ir a la sala principal del Palacio de Justicia, a los gendarmes les costó mucho abrir paso entre el gentío inmenso que se agolpaba en el patio. Julien había dormido bien, estaba muy tranquilo y no sentía sino una compasión filosófica por esa muchedumbre de envidiosos que iban a aplaudir, sin crueldad, su condena a muerte. Se quedó muy sorprendido cuando, al estar más de un cuarto de hora, sin poder avanzar, entre el gentío, tuvo que reconocer que su presencia despertaba en el público un interés afectuoso. No oyó ni una frase desagradable. «Esta gente de provincias es menos mala de lo que yo creía», se dijo.

Al entrar en la sala del juicio, le llamó la atención la elegante arquitectura. Era un gótico limpio con gran cantidad de columnillas muy bonitas talladas en la piedra con gran primor. Se creyó en Inglaterra.


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