Rojo y negro
Rojo y negro Veinte minutos estuvo Julien hablando en ese tono; de la abundancia del corazón hablaba la lengua; el fiscal, que aspiraba a los favores de la aristocracia, daba botes en el asiento; pero, pese a la forma un tanto abstracta que le había dado Julien al debate, todas las mujeres estaban deshechas en lágrimas. Incluso la señora Derville se había llevado el pañuelo a los ojos. Antes de concluir, Julien volvió a mencionar la premeditación, su arrepentimiento y el respeto y la adoración filial y sin límites que, en tiempos mejores, había sentido por la señora de Rênal… La señora Derville soltó un grito y se desmayó.
Estaba dando la una cuando los miembros del jurado se retiraron a su sala. Ninguna mujer se había movido del sitio; varios hombres tenían lágrimas en los ojos. Las conversaciones fueron al principio muy exaltadas; pero, poco a poco, y al hacerse esperar la decisión del jurado, el cansancio generalizado empezó a calmar a la asamblea. Era un momento solemne; las luces brillaban menos. Julien, muy cansado, oía cómo debatían a su lado si el retraso era de buen augurio o de malo. Vio con agrado que todos los votos que se hacían le eran favorables; el jurado no regresaba y, sin embargo, ninguna mujer abandonaba la sala.