Rojo y negro

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Acababan de dar las dos cuando hubo un gran revuelo. Se abrió la puertecita de la sala del jurado. El señor barón de Valenod entró con paso solemne y teatral; tras él venían todos los miembros del jurado. Tosió y comunicó luego que el jurado, en conciencia, declaraba por unanimidad a Julien Sorel culpable de asesinato, y de asesinato con premeditación: esta declaración traía consigo la pena de muerte, que quedó pronunciada un momento después, Julien miró el reloj y se acordó del señor de Lavalette; eran las dos y cuarto. «Hoy es viernes —pensó—. Sí, pero este día es un día feliz para el Valenod, que me condena… Me vigilan demasiado para que Mathilde pueda salvarme como hizo la señora de Lavalette… Así que dentro de tres días, a esta misma hora, sabré a qué atenerme en lo referido al gran quizás[81]

En ese momento oyó un grito que lo hizo volver a las cosas terrenales. Las mujeres que tenía alrededor sollozaban; vio que todas las caras estaban vueltas hacia una tribuna pequeña abierta en el remate de una pilastra gótica. Supo más adelante que allí se había ocultado Mathilde. Como el grito no se repitió, todo el mundo volvió a mirar a Julien, al que iban a buscar los gendarmes para hacerlo cruzar entre el gentío.



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