Rojo y negro
Rojo y negro Julien rio de buena gana con aquella salida de su ingenio. «En verdad que un hombre lleva dos personas en sà —pensó—. ¿A quién demonios se le ha ocurrido ese comentario malévolo?
»Pues sÃ, amigo mÃo, guillotinado dentro de tres dÃas —le contestó a quien lo habÃa interrumpido—. El señor de Cholin alquilará una ventana a medias con el padre Maslon. Y por el precio del alquiler de esa ventana, ¿cuál de esos dos dignos personajes votará al otro?»
Recordó de pronto el siguiente pasaje de la obra Venceslas de Rotrou:
LADISLAS
Tengo el alma dispuesta.
El rey (padre de Ladislas)
También lo está el patÃbulo; pon allà la cabeza.
«¡Estupenda respuesta!», pensó; y se quedó dormido. Alguien lo despertó por la mañana con un estrecho abrazo.
—¿Cómo? ¡Ya! —dijo Julien abriendo unos ojos fieros. Se creÃa en manos del verdugo.
Era Mathilde. «Afortunadamente, no me ha entendido.» Esa reflexión le devolvió toda la sangre frÃa. Encontró a Mathilde cambiada como tras seis meses de enfermedad: la verdad es que no habÃa quien la reconociera.