Rojo y negro
Rojo y negro »Y ¿por qué no si hay otra vida…? —siguió diciendo Julien—. La verdad es que si me encuentro con el dios de los cristianos estoy perdido: es un déspota y, como tal, rebosante de ideas de venganza; su Biblia no habla sino de castigos atroces. Nunca lo he querido; ni siquiera he querido creer nunca que alguien le tuviera un amor sincero. No tiene compasión alguna —y recordó unos cuantos pasajes de la Biblia—. Me castigará de una forma abominable.
»Pero ¡y si me encuentro con el dios de Fénelon! A lo mejor me dice: “Porque amaste mucho, mucho te será perdonado”…
»¿He amado mucho? ¡Ay!, amé a la señora de Rênal, pero mi comportamiento fue atroz. En eso, como en otras cosas, quedó al margen el mérito sencillo y modesto por cosas más brillantes…
»Pero ¡es que eran unas perspectivas…! Coronel de húsares, si había guerra; secretario de legación en la paz; luego, embajador… pues pronto habría estado al tanto de los asuntos… e incluso aunque no hubiera sido más que un tonto, ¿a qué rival podría haber temido el yerno del marqués de La Mole? Me habrían perdonado todas las tonterías, o, más bien, habrían contado como méritos. Hombre de mérito y disfrutando de la existencia más suntuosa en Viena o en Londres…
»Pues no va a ser exactamente así, caballero: lo guillotinan dentro de tres días.»