Rojo y negro
Rojo y negro »¡Ah, qué gracia! Desde que tengo que morir, todos los versos que no me he sabido en la vida me vuelven a la memoria. Debe de ser sÃntoma de decadencia.»
Mathilde le repetÃa con voz apagada: «Está ahÃ, en la habitación de al lado». Julien se fijó por fin en esas palabras. «Tiene la voz débil —pensó—, pero ese carácter imperioso suyo sigue en el tono. Baja la voz para no enfadarse.»
—¿Y quién está ah� —dijo con suavidad.
—El abogado, para que firme el recurso de gracia.
—No pienso recurrir.
—¡Cómo! ¡No va a recurrir! —dijo ella, levantándose con los ojos brillantes de ira—. Y eso ¿por qué, si se digna decÃrmelo?
—Porque en este momento me siento con valor para morir sin dar demasiado que reÃr a mi costa. Y ¿quién me dice que dentro de dos meses, tras una prolongada estancia en este calabozo húmedo, estaré en las mismas disposiciones favorables? Preveo conversaciones con sacerdotes, con mi padre… No hay nada en el mundo que me pueda desagradar tanto… Muramos.