Rojo y negro
Rojo y negro Tras tomar esta resolución, volvió a su ensoñación… «El cartero al pasar dejará el periódico a las seis, como suele; a las ocho, cuando ya lo haya leÃdo el señor de Rênal, Élisa irá de puntillas a dejarlo encima de la cama de ella. Ella se despertará más tarde; de pronto, según lo esté leyendo, se alterará, le temblará la linda mano; leerá hasta llegar a las siguientes palabras: A las diez y cinco minutos habÃa dejado de existir.
»Llorará a más y mejor, la conozco; en vano quise asesinarla, todo quedará olvidado. Y la persona a quien quise quitar la vida será la única que llore mi muerte sinceramente.
»¡Ah, eso es una antÃtesis!», pensó. Y se pasó el cuarto de hora largo que duró aún la escena que le estaba haciendo Mathilde pensando únicamente en la señora de Rênal. A su pesar, y aunque contestaba con frecuencia a lo que le decÃa Mathilde, no podÃa apartar el alma del recuerdo del dormitorio de Verrières. VeÃa la gaceta de Besançon encima del cobertor de tafetán naranja. VeÃa aquella mano tan blanca agarrándolo convulsivamente; veÃa a la señora de Rênal llorar… Iba siguiendo el derrotero de todas y cada una de las lágrimas por esa cara adorable.