Rojo y negro
Rojo y negro Al no poder conseguir nada, la señorita de La Mole mandó pasar al abogado. Afortunadamente era un antiguo capitán del ejército de Italia de 1796, donde había sido compañero de Manuel[84].
Por cumplir, se opuso a la decisión del condenado. Julien, que quería tratarlo con consideración, le especificó todas sus razones.
—A fe mía, se puede estar de acuerdo con usted —acabó por decirle el señor Félix Vaneau, que así se llamaba el abogado—. Pero tiene tres días enteros para recurrir y mi deber es volver a diario. Si antes de dos meses se abriera el cráter de un volcán debajo de la cárcel, se salvaría. Y puede morir de enfermedad —dijo, mirando a Julien.
Julien le estrechó la mano.
—Muchas gracias, es usted un hombre bueno. Me lo pensaré.
Y, cuando Mathilde se fue por fin con el abogado, sintió mucho más afecto por el abogado que por ella.