Rojo y negro
Rojo y negro —Déjame —siguió diciendo ella—; quiero darte mis razones para que no se me olviden… En cuanto te veo, todos los deberes se esfuman: ya no soy sino amor por ti, o, más bien, la palabra «amor» es demasiado débil. Siento por ti lo que solo deberÃa sentir por Dios: una mezcla de respeto, de amor, de obediencia… En verdad que no sé qué es esto que me inspiras. Si me dijeras que le diera una puñalada al carcelero, estarÃa cometido el crimen antes de que me hubiera dado tiempo a pensarlo. ExplÃcamelo bien antes de que me vaya, quiero ver con claridad en mi corazón; porque dentro de dos meses nos separaremos… Por cierto, ¿nos separaremos? —le dijo sonriente.
—Retiro la palabra dada —exclamó Julien poniéndose de pie—: no recurriré la condena a muerte si con veneno, puñal, pistola, carbón o de cualquier otra forma intentas poner fin a tu vida o estorbarla.
—Y¿si muriéramos ahora mismo? —acabó por decirle ella.
—¿Quién sabe con qué se encuentra uno en la otra vida? —contestó Julien—. Quizá con tormentos o quizá con nada en absoluto. ¿No podemos pasar dos meses juntos de forma deliciosa? Dos meses son muchos dÃas. ¡Nunca habré sido tan feliz!
—¡Nunca habrás sido tan feliz!