Rojo y negro
Rojo y negro E, interrumpiéndose mutuamente cien veces, consiguieron con mucho trabajo contarse lo que no sabían. La carta para el señor de La Mole la había escrito el joven sacerdote que era el director espiritual de la señora de Rênal, y luego la había copiado ella.
—¡Qué cosa tan horrible me hizo cometer la religión! —le decía a Julien—. Y eso que suavicé los párrafos más espantosos de esa carta…
Los arrebatos y la felicidad de Julien le demostraban hasta qué punto la perdonaba. Nunca había estado más loco de amor.
—Yo creo que soy piadosa —le decía la señora de Rênal, siguiendo con la conversación—. Creo en Dios sinceramente; creo también, e incluso tengo pruebas, que este crimen que cometo es espantoso; y en cuanto te veo, incluso después de que me hayas disparado dos tiros de pistola…
Y, al llegar aquí y a su pesar, Julien la cubrió de besos.