Rojo y negro
Rojo y negro —¡Lo firmo! —exclamó Julien—. ¡Cómo! ¡Me perdonas! ¡Será posible!
La abrazaba; estaba loco. Ella soltó un gritito:
—No es nada —dijo—, me has hecho daño.
—En el hombro —exclamó Julien echándose a llorar. Se apartó un poco y le cubrió la mano de besos ardientes—. ¿Quién me lo iba a decir la última vez que te vi en tu cuarto de Verrières?
—¿Quién me iba a decir entonces que le escribirÃa al señor de La Mole esa carta infame…?
—Debes saber que siempre te he querido, que solo te he querido a ti.
—¿Es posible? —exclamó la señora de Rênal, a quien lo tocó ahora quedarse arrobada. Se apoyó en Julien, que estaba arrodillado delante de ella y estuvieron mucho rato llorando en silencio.
En ninguna época de su vida habÃa pasado Julien un momento asÃ.
Mucho después, cuando ya podÃan hablar, la señora de Rênal dijo:
—Y ¿esa joven señora Michelet, o, más bien, esa señorita de La Mole? ¡Porque en verdad que estoy empezando a creerme esa curiosa novela!
—No es cierta sino en apariencia —contestó Julie—. Es mi mujer, pero no es mi amante…