Rojo y negro
Rojo y negro Algún alma caritativa puso en conocimiento del señor de Rênal seguramente las prolongadas visitas que hacía su mujer a la cárcel de Julien, pues al cabo de tres días le envió el coche con la orden expresa de que volviese en el acto a Verrières.
El día empezó mal para Julien con esa separación cruel. Lo avisaron dos o tres horas después de que un sacerdote intrigante y que, pese a todo, no había podido prosperar entre los jesuitas de Besançon, llevaba desde por la mañana fuera de la puerta de la cárcel, en la calle. Llovía mucho y aquel hombre pretendía hacerse el mártir. Julien estaba de mal humor; esa sandez lo afectó mucho.
Por la mañana, ya había rechazado la visita de ese sacerdote, pero al hombre se le había metido en la cabeza confesar a Julien para hacerse popular entre las jóvenes de Besançon mediante todas las confidencias que diría que Julien le había hecho.
Manifestaba en voz alta que iba a pasarse el día y la noche a la puerta de la cárcel: «Me envía Dios para moverle el corazón a este otro apóstata…». Y el pueblo llano, siempre interesado por una escena, empezaba a agolparse.