Rojo y negro
Rojo y negro —SÃ, hermanos —les decÃa—, me pasaré aquà el dÃa y la noche, y todos los dÃas y todas las noches siguientes. El EspÃritu Santo me ha hablado, tengo una misión de allá arriba; soy yo el que tiene que salvar el alma del joven Sorel. Sumaos a mis plegarias, etc., etc.
A Julien le espantaba el escándalo y todo lo que pudiera ponerlo en evidencia. Pensó en aprovechar el momento para evadirse de incógnito del mundo; pero no habÃa perdido las esperanzas de volver a ver a la señora de Rênal y estaba locamente enamorado.
La puerta de la cárcel daba a una de las calles más frecuentadas. Pensar en ese sacerdote lleno de barro, reuniendo a la gente y organizando un escándalo le atormentaba el ánimo. «Y ¡seguro que repite mi nombre a cada momento!» Ese rato fue más penoso que la muerte.
Llamó dos o tres veces, con una hora de intervalo a un llavero que le tenÃa ley para mandarlo a ver si el sacerdote seguÃa a la puerta de la cárcel.
—Señor, está hincado de rodillas en el barro —le decÃa siempre el llavero—; reza en voz alta y dice letanÃas por el alma de usted.
«¡Menudo impertinente!», pensó Julien. Efectivamente, en ese momento oyó un zumbido sordo: era el pueblo que contestaba a las letanÃas. Se impacientó aún más cuando vio que incluso el llavero movÃa los labios repitiendo las palabras latinas.