Rojo y negro
Rojo y negro —Ya están empezando a decir —añadió el llavero— que debe de tener usted el corazón muy duro para rechazar la ayuda de ese hombre santo.
—¡Ay, patria mÃa, qué bárbara eres aún! —exclamó Julien loco de rabia. Y siguió con el razonamiento en voz alta y sin pensar en que estaba el llavero delante—. Ese hombre quiere un artÃculo en el periódico, y ya tiene la seguridad de conseguirlo.
»¡Ah, malditos provincianos! En ParÃs no tendrÃa que soportar todas estas vejaciones. Se sabe más de charlatanismo.
»Mande entrar a ese santo sacerdote —le dijo por fin al llavero; y el sudor le corrÃa a raudales por la frente. El llavero se santiguó y se fue, tan contento.
El santo sacerdote resultó ser espantosamente feo; y aún más embarrado. La frÃa lluvia que traÃa consigo aumentaba la oscuridad y la humedad del calabozo. El sacerdote quiso abrazar a Julien y empezó a enternecerse según le hablaba. Resultaba evidentÃsima la hipocresÃa más vil; en la vida habÃa estado Julien tan furioso.
Un cuarto de hora después de la llegada del sacerdote, Julien se sintió completamente cobarde. Por primera vez le pareció espantosa la muerte. Pensaba en el estado de putrefacción en que se hallarÃa su cuerpo dos dÃas después de la ejecución, etc., etc.