Rojo y negro

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Mientras duraron estas gestiones, consideró que el matrimonio Michoud era responsable de la inoperancia de estas. Los ruegos y los reproches que colmaban las cartas que siguió escribiendo a la señora Michoud se convirtieron en amenazas terribles. Se hallaron en ellas frases siniestras: «Quiero matarla», decía en un fiero acceso de melancolía. Escribía al párroco de Brangues, el sucesor de su primer benefactor: «Cuando me presente bajo el campanario de la parroquia, todo el mundo sabrá el porqué». Estos peculiares recursos eran eficaces en parte. El señor Michoud se tomaba muy a pecho conseguir que volviesen a abrirle las puertas de cualquier seminario; pero fracasó en Grenoble; fracasó también en Belley, a donde hizo un viaje ex profeso con el párroco de Brangues. Todo cuanto pudo conseguir fue colocar a Berthet en Morestel, en la notaría del señor Trolliet, un aliado de la familia Michoud, ocultándole sus motivos de descontento. Pero Berthet, despechado por no haber conseguido su ambición, estaba cansado, según su desdeñosa frase, de seguir siendo «un magíster con un sueldo de 200 francos». No dejó de escribir cartas amenazadoras: anunció en varias ocasiones que tenía la determinación de matar a la señora Michoud y quitarse la vida. Desafortunadamente un proyecto tan atroz parecía improbable precisamente por ser tan atroz; y, no obstante, ¡estaba a punto de cumplirse!


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