Cujo
Cujo Donna abre la puerta. Da un paso. Cujo gruñe. No un gruñido normal, sino un rugido cavernoso que hace temblar la tierra bajo sus pies. Retrocede de inmediato, la respiración agitada, el corazón como un tambor.
Entonces entiende: están atrapados.
El calor se vuelve opresivo. El aire dentro del coche se convierte en un horno. Tad suda, llora, se retuerce. Donna intenta abrir el capó, intenta llamar a alguien. Nadie responde. El rancho está vacÃo. Joe está muerto, su cuerpo oculto tras una pared de herramientas ensangrentadas. Cujo patrulla el perÃmetro, como un cancerbero en su reino infernal.
Cada vez que Donna intenta salir, Cujo ataca. Un salto furioso, dentelladas que muerden el metal del auto, babas esparcidas sobre el parabrisas. El terror se vuelve fÃsico. Tad grita.
—¡Está ahÃ, mamá! ¡Nos va a comer!
—No va a pasar nada, Tad. Estoy aquà contigo.
Pero su voz tiembla.
Los dÃas se funden en uno solo. Donna raciona el agua del termo, intenta proteger a Tad del sol envolviéndolo con mantas. Cujo duerme a ratos bajo la sombra, pero siempre despierta con un gruñido cuando huele movimiento. El silencio pesa tanto como la amenaza.
