Después de medianoche
Después de medianoche El horizonte se desmoronaba.
Albert fue el primero en verlo desde la terminal. Al principio, parecía solo un espejismo: una ondulación en el aire, como el calor sobre el asfalto. Pero la ondulación creció. Se extendió. Y se movía.
—Dios… —susurró.
Laurel se acercó a la ventana, sintiendo cómo su piel se erizaba.
—¿Qué demonios es eso?
Brian y Nick emergieron de la torre de control en ese instante, aún con el eco del extraño sonido en la radio martillando sus mentes. Pero cuando vieron el horizonte, todo lo demás se desvaneció.
No era niebla. No era viento.
Era algo vivo.
Rudy se secó el sudor de la frente, dando un paso atrás.
—No me gusta un carajo lo que estoy viendo.
Don Gaffney, que había estado junto a Dinah todo ese tiempo, la sintió temblar.
—Dime qué ves, niña.
La niña ciega tragó saliva.
—No lo sé… pero lo siento. Se acercan.
Brian respiró hondo. Su instinto le gritaba que salieran de ahí.
—Nos vamos. Ahora.