Doctor sueño
Doctor sueño Wendy Torrance no entiende, pero tampoco necesita entender. Ha aprendido a creerle a su hijo. Y cuando ve las huellas de podredumbre en el piso, la tapa del inodoro bajada, las manchas de algo púrpura en la alfombra, no pregunta más. Solo hace la llamada.
—Dick, Danny te necesita.
Horas después, el viejo cocinero llega con su Cadillac rojo y un paquete en las manos.
—Muchacho —dice, mirándolo a los ojos—, es hora de aprender a encerrar a los fantasmas.
Los años pasan. Danny crece, pero el Overlook no lo suelta. Aprende a encerrar las cosas muertas en su cabeza, en cajas invisibles que solo él puede sellar. Aprende a beber para acallar el grito de los fantasmas, y la botella se convierte en su única constante.
Es un hombre perdido. Viaja de ciudad en ciudad, dejando un rastro de promesas rotas y recuerdos ahogados en whisky barato. Duerme en estaciones de autobuses, se despierta con las manos temblorosas y la cabeza martillada por resacas infernales.
Entonces llega a un pueblo sin nombre, y algo cambia.
El resplandor sigue en él, enterrado bajo años de alcohol y miseria. Lo usa en un asilo de ancianos, ayudando a los moribundos a cruzar al otro lado con paz. La gente empieza a llamarlo Doctor Sueño.
