Duma Key
Duma Key —Necesitas aire, Edgar. Espacio. Un nuevo comienzo.
—No hay nuevos comienzos —respondió él.
Pero al final, cedió. Encontró un anuncio en internet sobre una casa en alquiler en Florida. Un sitio apartado. Frente al mar. Tal vez era exactamente lo que necesitaba.
Así llegó a Duma Key, una isla con arena tan blanca que dolía mirarla. Alquiló una casa que los lugareños llamaban “Big Pink”, un caserón antiguo y solitario que se alzaba sobre pilotes frente al agua. En su primer día, la isla lo recibió con un dolor punzante en su brazo fantasma.
La primera noche fue la peor. Soñó con algo enterrado bajo la arena, algo que lo llamaba en un idioma que no conocía. Se despertó empapado en sudor, con la única mano aferrada a su pecho.
Al día siguiente, sin saber por qué, compró un cuaderno de dibujo. Tomó un lápiz y comenzó a trazar líneas. Algo dentro de él se desató.
Rostros emergieron del papel: un barco a la deriva, una mujer con los ojos vendados, una niña con un vestido rojo parada en la orilla. Edgar no entendía por qué los dibujaba, pero tampoco podía detenerse. Sus dedos se movían con un hambre que no era suya.
Entonces, la puerta de la casa crujió.
