Duma Key
Duma Key Los médicos le explicaron lo básico: un accidente en el trabajo, su camioneta contra una grúa de doce pisos, el cráneo fracturado, la cadera destrozada, el brazo amputado desde el hombro. Sobrevivió por poco, pero partes de él habían quedado aplastadas en ese sitio de construcción, partes que jamás recuperaría.
Lo que no le dijeron es que la peor herida no estaba en su cuerpo.
Porque Edgar no era el mismo. El golpe lo había dejado con lagunas en la memoria y una ira que no sabía de dónde venía. Perdía palabras. Cosas simples. Silla. Puerta. Día. Su esposa, Pam, lo miraba con miedo, y con razón. Una vez intentó apuñalarla con un cuchillo de plástico en el hospital. Otra vez, le gritó durante horas porque no encontraba su “amigo”, cuando lo que buscaba era una estúpida lámpara.
A los seis meses, Pam lo dejó.
—No puedo más, Ed —le dijo en la sala de su casa en Minnesota, entre las sombras del atardecer.
Él la miró fijamente. Quiso rogarle que se quedara, pero lo único que salió de su boca fue:
—Lárgate.
Pam firmó los papeles del divorcio una semana después. Edgar ni siquiera sintió rabia. Solo un vacío tan grande como su ausencia.
El doctor Kamen, su terapeuta, lo convenció de que se fuera.
