El visitante
El visitante Ralph Anderson lo miraba desde el otro lado de la mesa. Enfrente de él, el expediente de Terry, una carpeta gruesa llena de pruebas incontestables. ADN en la escena. Huellas digitales en la carne del niño. Sangre en su camioneta. Todo encajaba.
Pero luego estaba el otro expediente.
El que decÃa que Maitland no podÃa haber estado allÃ.
—No maté a ese niño —dijo Terry, su voz firme.
Anderson entrelazó los dedos y lo observó con cautela.
—Tenemos testigos que te vieron en el parque, llevando a Frank Peterson en una furgoneta blanca.
—Y hay testigos que me vieron en Cap City al mismo tiempo. Cámaras de seguridad. Recibos. Pruebas.
Anderson sintió un escalofrÃo recorrerle la nuca. No querÃa admitirlo, pero la duda comenzaba a infiltrarse en su mente. ¿Cómo demonios podÃa estar un hombre en dos lugares a la vez?
El abogado de Terry, Howie Gold, se inclinó sobre la mesa.
—Déjenme ser claro —dijo, con su voz controlada—. Mi cliente estaba en Cap City. Hay grabaciones que lo prueban. Si no lo liberan de inmediato, los demandaremos por arresto ilegal.
Anderson cerró el expediente.