El visitante
El visitante Porque mientras el coche avanzaba hacia la comisaría, la llamada llegó.
—Tenemos un problema —dijo la voz del fiscal en el altavoz.
—¿Qué tipo de problema? —preguntó Anderson.
Hubo una pausa. Luego, palabras que no deberían existir en la misma frase.
—Terry Maitland estaba en otro lugar. A cientos de kilómetros. Hay testigos, cámaras, registros. Es imposible que estuviera en Flint City cuando mataron a Frank Peterson.
Anderson sintió que su estómago se contraía.
Dos lugares.
Mismo momento.
La lógica se hizo pedazos.
Y en algún rincón oscuro de la ciudad, algo sonrió en la penumbra.
La sala de interrogatorios olía a sudor y café frío. Las paredes eran de un gris opresivo, y la única luz provenía del tubo fluorescente que zumbaba sobre la mesa de metal. Terry Maitland estaba sentado con las muñecas esposadas, la cara aún tensa por la humillación de su arresto público.