En la hierba alta
En la hierba alta Y entonces encuentra al niño. O algo que fue un niño. Sus ojos, negros. Su boca, pequeña y apretada como una herida. Freddy no siente miedo. Siente determinación.
—Esto se termina aquà —dice.
Lucha contra el campo con su propia lógica. No intenta escapar. Intenta desviar. Cargar. Interrumpir. En un acto desesperado, toma al niño y lo lanza lejos de la piedra. No hacia fuera. Hacia otra dirección. Una que la piedra no esperaba.
El campo tiembla.
La piedra grita sin voz.
El niño cae entre la hierba y queda inmóvil.
En la carretera, la nueva familia da media vuelta. Algo los ha hecho dudar. Quizá una sombra. Un escalofrÃo. O una ausencia repentina de gritos. Vuelven al coche. Se alejan.
Dentro del campo, el silencio se instala.
Freddy no sale. Pero tampoco queda atrapado.
Solo la piedra permanece. Quieta. Sin ofrenda.
Por primera vez en mucho tiempo, el campo duerme.
Y allá afuera, donde el asfalto corta la llanura, el mundo sigue girando. Ignorando que, bajo una superficie aparentemente inocente, habita un dios antiguo que aún sueña con voces perdidas.
Porque lo que entra en la hierba... no siempre sale. Pero lo que resiste, deja huella.