La niebla
La niebla —Papá… —susurró Billy, clavándole la mirada en el rostro—. ¿Vamos a volver a casa?
David se agachó para quedar a su altura.
—En cuanto podamos, campeón. Ahora tenemos que esperar un poco.
No se atrevÃa a decir más. La niebla no era simplemente un fenómeno meteorológico. Era otra cosa. Algo que cambiaba el aire mismo, que cargaba el ambiente con una electricidad extraña, vibrante.
Uno de los hombres, Dan Miller, pidió la palabra. Se subió a una caja de tomates y alzó la voz:
—¡Tenemos que mantener la calma! Nadie va a salir de aquà hasta que sepamos qué pasa. ¡Estamos más seguros juntos!
Hubo asentimientos, algunos sinceros, otros tensos. Entre ellos, la figura enjuta de la señora Carmody destacaba, como un cuervo entre gorriones. La dueña de Antigüedades Bridgton, conocida por sus sermones apocalÃpticos y sus recetas milagrosas, se acariciaba las manos con aire satisfecho.
—La niebla es el castigo —murmuraba para sà misma, aunque lo bastante alto para ser oÃda—. El castigo de Dios por nuestra soberbia…
David la ignoró. De momento, habÃa cosas más urgentes. Consiguió un carrito abandonado y colocó a Billy dentro, como si el metal pudiera ofrecerle algún tipo de protección.