La niebla
La niebla Corrieron hacia las puertas. Los pocos cuerdos que quedaban —Dan, Amanda, Ollie, y un par más— empujaron a la multitud atónita para abrirse paso. El aire frÃo y espeso de la niebla los recibió como una marea congelada.
Billy se estremecÃa en brazos de David.
—No mires, campeón —murmuró.
La niebla era absoluta, un muro blanco que borraba el mundo. No habÃa camino, ni señales, solo la intuición y la desesperación como guÃa.
Caminaron en fila, casi tocándose para no perderse. Cada paso era un acto de fe, una afirmación ciega contra la lógica que gritaba que estaban condenados.
Algo se movÃa en la niebla. Algo gigantesco.
—¿Oyeron eso? —susurró Amanda, su voz apenas audible.
David no respondió. Lo habÃa oÃdo. Un zumbido grave, como el sonido de alas enormes batiendo despacio.
De pronto, una figura colosal pasó sobre ellos, invisible salvo por la sombra titánica que dejó en el velo blanco. Pies como casas hundiéndose en el suelo, tentáculos ondeando en el aire.
Nadie gritó. El terror era demasiado grande, demasiado absoluto.
—No se detengan —susurró David—. No miren atrás.