La niebla
La niebla La señora Carmody, rodeada de sus fieles, emergió de entre los estantes como una visión infernal, vestida con harapos y con los ojos encendidos de fanatismo.
—¡Detenedlos! —gritó—. ¡Van a traer más castigo sobre nosotros! ¡Dios exige un sacrificio!
La multitud rugió. Avanzaron como un solo cuerpo, brazos extendidos, rostros desencajados por el miedo y la rabia.
—¡Dádnoslo! —clamaba Carmody, señalando a Billy—. ¡El niño purificará nuestra culpa!
David apretó a Billy contra su pecho. Amanda se interpuso, empuñando un cuchillo de cocina. Ollie levantó el revólver con ambas manos.
—Un paso más —advirtió Ollie, su voz gélida— y disparo.
Pero Carmody no se detuvo. Avanzó hacia ellos, cruzando el umbral invisible entre la locura y la fatalidad.
El disparo fue seco, final.
La señora Carmody cayó de rodillas, un pequeño agujero rojo abriéndose en su pecho. La mirada de sus seguidores se congeló en horror. El hechizo se rompió.
—¡Vámonos! —rugió David.