La niebla
La niebla —¿Hacia dónde vamos? —preguntó en voz baja.
David negó con la cabeza, sin apartar los ojos del camino invisible.
—Hacia donde podamos. Hasta donde la gasolina nos lleve.
Durante horas avanzaron sin rumbo, encontrando sólo desolación: casas vacías, coches abandonados con las puertas abiertas como bocas gritando en silencio, señales de luchas que nadie había ganado. Cada tanto, alguna silueta monstruosa cruzaba la niebla, demasiado rápida o demasiado terrible para describirla.
El miedo era constante, como una presión en el pecho. No era un terror de sobresaltos, sino uno más insidioso: el miedo a la nada, a la posibilidad de que fueran los últimos seres humanos en un mundo devorado.
En algún momento, David rompió el silencio, su voz apenas un susurro:
—¿Y si esta niebla... no fuera un accidente?
Amanda lo miró de reojo.
—¿Qué quieres decir?
David apretó el volante, recordando fragmentos de rumores, voces ahogadas en el supermercado.
—La base militar de Arrowhead. Había experimentos... cosas que no deberían hacerse. Portales, dimensiones... —sacudió la cabeza—. ¿Y si abrieron algo que no podían controlar?