La niebla
La niebla Amanda no respondió. Pero en sus ojos, el terror era aún más profundo: no el miedo a lo desconocido, sino a los propios errores humanos.
La niebla no era un castigo divino.
Era un error nuestro.
Y ahora, no habÃa forma de encerrarlo de nuevo.
En un momento, detuvieron el coche junto a una gasolinera desierta. El surtidor colgaba destrozado, y las vitrinas estaban hechas añicos. David y Ollie salieron, revólver en mano, buscando combustible o provisiones. Pero sólo encontraron silencio... y cadáveres.
—No podemos quedarnos —dijo Ollie, mirando de reojo a la niebla—. No es seguro.
David asintió. Dentro de la tienda, en una pared manchada de sangre, alguien habÃa escrito con dedos temblorosos:
"Vienen del cielo."
El mensaje les acompañó mientras regresaban al coche, la sensación de desesperanza creciendo con cada kilómetro recorrido.
—Papá… —susurró Billy desde el asiento trasero—. ¿Ya vamos a casa?
David tragó saliva, sintiendo cómo su corazón se rompÃa en pedazos.
—Estamos buscando el camino, campeón —respondió con la voz más firme que pudo reunir.