La niebla
La niebla Amanda le ofreció una sonrisa temblorosa, cargada de compasión y tristeza.
La gasolina empezó a escasear. Cada vez que el motor tosía, David sentía que una mano helada le apretaba la garganta.
Finalmente, cuando el depósito llegó casi a vacío, encontraron refugio en lo que quedaba de un viejo hotel de carretera. El cartel destrozado colgaba torcido sobre la entrada.
—Aquí —dijo David—. Aquí nos detenemos.
La noche cayó sin ceremonia, la niebla cubriendo el edificio como una mortaja.
Dentro, encendieron una bengala. La luz anaranjada bailaba en las paredes desconchadas, creando sombras largas y deformes.
Amanda preparó a Billy un lugar para dormir mientras Dan vigilaba con un cuchillo en la mano. Nadie habló. No había nada que decir.
David se sentó junto a la ventana rota, mirando el mar blanco allá afuera.
—¿Crees que haya alguien más? —preguntó Amanda, en un susurro.
David tardó en responder.
—No lo sé. Pero si los hay... —hizo una pausa, buscando las palabras— también están atrapados.