La niebla
La niebla La noche avanzó lentamente. Afuera, en la niebla, se oían ruidos: el batir de alas inmensas, el crujido de árboles siendo arrancados de raíz, el lamento de criaturas que nunca deberían haber existidos.
Al amanecer, encendieron el motor una vez más. El Land Cruiser avanzó como un espectro entre los espectros. No había destino, sólo la esperanza ciega de encontrar algo... o a alguien.
La radio del coche, que había estado en silencio todo el tiempo, soltó un chisporroteo inesperado. Una voz apenas audible, entrecortada, susurró:
—...rescate... Hartford... ayuda...
David se enderezó en el asiento, el corazón golpeándole el pecho.
—¿Lo oyeron? —preguntó, su voz llena de una esperanza nueva y aterradora.
Amanda asintió, aferrándose al salpicadero como si temiera que la voz desapareciera si dejaba de escucharla.
David pisó el acelerador.
No sabían si Hartford sería un refugio o una trampa. Pero en medio de aquel infierno blanco, una promesa, por pequeña que fuera, era suficiente.
Porque mientras hubiera un eco de esperanza, mientras el motor siguiera rugiendo y el corazón latiendo, seguirían avanzando.
Hasta el final.