Misery
Misery Los primeros sÃntomas de su dependencia a las pastillas aparecieron sin previo aviso. Cuando Annie se demoraba en darle la dosis, un sudor frÃo empapaba su frente y su cuerpo temblaba incontrolablemente. Ella lo notaba y sonreÃa.
—¿Te duele, Paul?
Él asentÃa, con los dientes apretados.
—No te preocupes. Te daré tus medicinas. Pero quiero ver más páginas hoy.
Paul entendió la cruel ecuación: palabras por droga.
No importaba si la historia tenÃa sentido, si los personajes eran coherentes. Lo único que importaba era que Annie estuviera contenta.
Hasta que una noche, algo cambió.
Paul despertó con una sensación extraña. Un sonido en la oscuridad. Al principio pensó que era parte de un sueño, pero luego lo escuchó de nuevo: un susurro ahogado, una respiración pesada.
La puerta estaba entreabierta.
Desde su posición en la cama, apenas podÃa ver el pasillo. Y allÃ, en la penumbra, estaba Annie.
De pie, balanceándose levemente.
Paul contuvo el aliento.
No podÃa ver su rostro, pero su postura era antinatural. Como si estuviera en trance. Murmuraba algo, una letanÃa inaudible.