Mr. Mercedes
Mr. Mercedes Antes del amanecer, una multitud desesperada por trabajo se congrega frente a un centro cívico. La niebla es espesa. El silencio, denso. De repente, un Mercedes emerge de la oscuridad como una bestia hambrienta. Aplasta cuerpos, revierte, y vuelve a atacar. Ocho muertos. Quince heridos. Meses después, el asesino envía una carta al detective jubilado Bill Hodges. La cacería comienza. Pero esto no es solo un juego del gato y el ratón. Es una guerra psicológica entre el bien y la locura absoluta. Y el tiempo corre.
La madrugada en la ciudad despierta con frío y desesperación. Una fila de desempleados, envueltos en abrigos gastados y esperanzas mínimas, se alarga frente al Centro Cívico. Entre ellos, Augie Odenkirk, un hombre corriente con un saco de dormir al hombro y el corazón hundido en deudas. A su lado, una joven madre soltera, Janice Cray, intenta mantener caliente a su bebé. Nadie imagina lo que se aproxima.
De la niebla surge un Mercedes gris. Sin luces. Sin aviso. Sin alma. Avanza sobre la multitud como una bestia ciega e imparable. —¡No! ¡No! ¡Muévanse! —grita alguien, demasiado tarde. El coche se lanza contra los cuerpos, los destroza, da marcha atrás y repite la carnicería. Ocho muertos. Quince heridos. El asesino huye.
