Mr. Mercedes
Mr. Mercedes Meses después, Bill Hodges, detective jubilado, pasa sus días frente al televisor, con una pistola cerca y pensamientos oscuros aún más cerca. El caso del Mercedes lo marcó, no solo por su brutalidad, sino porque nunca se resolvió. Se culpa en silencio, repite los hechos una y otra vez. Su vida se ha reducido a la nada... hasta que una carta lo despierta.
La carta es limpia, precisa y cruel. Escrita por alguien que afirma ser el asesino del Mercedes. Lo llama “el cerdo gordo jubilado” y se burla de su soledad. Insinúa que cometió errores en la investigación, que estuvo tan cerca... y no lo supo ver. El tono es arrogante, retorcido, y contiene algo más peligroso que amenazas: un desafío.
—¿Quieres jugar, Bill? Yo sí. Todavía no he terminado.
Ese mensaje, más que un insulto, es una provocación que enciende algo en el interior del expolicía. No solo porque es personal, sino porque revela que el asesino no ha terminado. Que puede volver a matar. Que disfruta el juego. Bill se limpia el sudor, mira el arma sobre su mesa... y decide que no se va a rendir.
