Mr. Mercedes
Mr. Mercedes Una mañana, Bill recibe una llamada. La lÃnea está en silencio. Luego, una explosión en su cabeza: Janey ha muerto. Una bomba oculta en su coche. Suficiente para volarla en pedazos. Lo único que queda intacto es su bolso, lanzado al asfalto como un eco de lo que fue.
Bill cae. La pérdida lo aplasta. Por un momento, piensa en rendirse, en dejar que el monstruo gane. Pero no lo hace.
—Este hijo de puta no va a salirse con la suya —dice, mirando fijamente la nada.
Y entonces, se levanta.
El golpe que supone la muerte de Janey sacude el mundo de Bill Hodges. Por un instante, todo se detiene. El ruido se convierte en eco. El tiempo, en peso. Se encierra en su casa, solo, atrapado en el dolor. Pero la carta de Brady, enviada tras la explosión, lo despierta.
—¿Te dolió? Bien. Quiero que duela.
Esa provocación no cae en el vacÃo. En lugar de quebrarlo, afila su determinación. Y Hodges, como un animal herido, empieza a morder de vuelta. Vuelve a los archivos del caso Mercedes, conecta puntos que antes eran solo ruido de fondo. Algo en la redacción de las cartas lo lleva a sospechar que el asesino tenÃa acceso a la computadora de Olivia. Y eso lo dirige a Supreme Electronix.
