No tengas miedo
No tengas miedo Holly Gibney, investigadora privada y figura ya casi mítica para algunos policías de Buckeye, es consultada de forma informal. Lee el mensaje en su celular, sentada en un parque bajo el sol de abril. Su mente, como siempre, va más allá:
—“Bill Wilson”... ese nombre no es casual —dice—. Es el fundador de Alcohólicos Anónimos.
—¿Creés que viene de ese entorno? —pregunta Izzy.
—Estoy casi segura. Esto huele a expiación... y a alguien que ya se juzgó a sí mismo.
Mientras la investigación comienza, Stewart observa desde su refugio doméstico. Vive como un esposo ejemplar, cenando con Barbara, comentando las noticias, escuchando sin opinar demasiado. Pero en su interior arde una cuenta pendiente. Las reuniones de recuperación no lo curaron. Solo lo enseñaron a ocultarse mejor.
En el papel, Alan Duffrey ya es historia. Un gerente de banco muerto en prisión por cargos de abuso infantil. Pero el podcast de Buckeye Brandon, esa voz gritona y populista, ha soltado una bomba: tal vez Duffrey era inocente. Tal vez un hombre —Cary Tolliver— fabricó su condena por despecho.
Stewart lee todo. Escucha todo. Guarda todo. La idea que lo persigue toma forma: si el sistema permitió la muerte de un inocente, entonces el sistema debe pagar. No con juicios. Con equivalencias.
